RÁGOL MI PUEBLO

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sábado, 20 de noviembre de 2010

Desde mi Alpujarra




Con una justa humildad y casi la misma pasión, no hacía más que darle vueltas. ¡Qué alivio! ¡ya era hora! ¡por fin! ¡menos mal! ¡a Dios gracias!, la Alpujarra – que solo hay una- en su parte  almeriense, ya es crecidamente más referente optimista de muchas miradas que emocionan y descubren sensaciones  de una naturaleza plena y de enamoradas tradiciones,  abriendo de par en par las puertas de algo cercano y de soledades con magia.

No es necesario volar sobre diccionarios buscando palabras rimbombantes, en Almería, la Alpujarra y los alpujarreños ya están revestidos de humanidad, de humildad y una enorme sencillez.

Esa Alpujarra que enamoró  a Villaespesa y Castañeda, y a un “puñao” más  de ilustres de la pluma, que tantos halagos le tienen rendidos. Aquí estallan sonoramente la fuerza de los sonetos, y aquí crece mi gozo y mi seducción, sosiego cumplido de mi corazón.


La Alpujarra, una palabra que amanece, una voz, un sentimiento, una imagen que deja huella, una mano tendida, tropiezos de perfume y fragancia, una mirada, una sonrisa, valor histórico y belleza artística, filigrana de ecosistema, universo espacioso, ventanal porque donde se refresca la naturaleza, una nostalgia que envuelve, música, una amistad en cada esquina, sereno verdor, el color de las ansias, el enigma de los jazmineros con ramas de encaje que son pellizcos de un aire con perfume dulcísimo,  escaparate de belleza inagotable, turismo rural y sostenible, historias, oportunidades, sueños, lugar placentero y profundamente claro, ansiado edén, lugar donde juegan al escondite mis recuerdos, ternura derramada sin recelo, senderos alzados y bañados de naturaleza virgen, comarca que me rodea, olor a tierra vieja de la vida, morada instalada en ese señorío de privilegiado entorno, de paseantes nostálgicos que cantan sus misterios en los regazos de  Sierra de Gádor y Nevada y de sus infinitas lomas  que despeñan  laberintos encorvados de valles pintorescos, riachuelos alegres y cantarines, y pueblos blancos en laderas y en las alturas serranas.

Alpujarra nuestra, una comarca tan sencilla como profunda, horizontes de agasajo y halo de tranquilidad infinita,  vibrantes motivos espirituales y sabor autentico de devoción y esencia religiosa a  raudales, lujo  gastronómico, frescas fuentes, fachadas encaladas, balcones poblados de artísticas flores, románticas puestas de sol y luceros, nota de canción que enamora el alma, donde retumba y se ahoga el silencio y donde las canciones del aire cautivan a los pájaros, deleite entre sueños, una oportunidad para aquellos que nunca la tuvieron, una visita que contagia y descubrirla es inevitable porque es una bocanada de aire puro que renueva las ganas de vivir. La alpujarra almeriense  conserva fuerza romántica  suficiente para enamorar.

Enhorabuena a esos hermosos pueblos almerienses que su paisaje delata a su espacio y arquitectura, y la historia los reconoce como tales  que han unido sus poderíos para un compendio tan bien articulado y de tanto glamour, donde nace un abrazo ancho: La Alpujarra.

Si bien aquí todos ellos pueden salir en la foto, porque adivino su galanteo, hoy hablé contigo Almócita, Canjáyar, Fondón. Alcolea y Rágol, que este verano pasado estuvisteis situados en vuestro pedestal feliz, bañados en cantos de alabanza  por sonados eventos de perfecta organización y éxitos sin precedentes, que divierten, suspiran, estremecen y avivan el futuro.

Aunque perpetuamente  estuvo ahí – con las certezas de siempre-, la Alpujarra, en Almería, despliega alas al viento y ya no habita en el olvido y hace perpetuar su nombre  más allá de los muros de la provincia, y yo mucho que me alegro, porque es una nostalgia  de olores pegados a la memoria y colores acariciando recuerdos. ¡Feliz tú, que los disfrutas!

Tiempo habrá de un articulo más detallado y contextualizado, donde la Alpujarra almeriense se verá enriquecida de forma destacable. Ahora algo de mi se aferra y me empuja a su cima. Un pequeño suspiro para calmar mi amor alpujarreño  y un minuto de silencio para sentir su corazón.

La Alpujarra en Almería, joya de la naturaleza, apuesta decidida, entra en ella y sigue sus huellas. Una sugerencia personal desde el umbral del gozo.


Miguel Iborra Viciana



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